Las lluvias abundantes generan condiciones favorables para los cultivos, pero no garantizan por sí solas una buena cosecha. La disponibilidad de agua debe estar acompañada por una nutrición adecuada del suelo para que los productores puedan alcanzar el potencial productivo de sus lotes.

Especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) Balcarce, la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) advirtieron que la diferencia entre los rendimientos potenciales y los resultados que efectivamente se obtienen en la provincia de Buenos Aires puede ubicarse entre el 30% y el 50%.

Esta brecha puede ampliarse durante las campañas húmedas o bajo la influencia del fenómeno de El Niño si la fertilización se realiza sin un diagnóstico preciso de las necesidades del suelo.

En cultivos como el maíz, la soja y el girasol, la presencia de agua permite aspirar a mayores rindes, pero las deficiencias de nutrientes pueden convertirse en un límite para aprovechar esas condiciones. Por eso, los especialistas destacan la importancia de ajustar las estrategias de fertilización según las características de cada lote.

El diagnóstico, el primer paso para mejorar los rindes

Hernán Sainz Rozas, especialista en nutrición del INTA, subrayó la importancia de conocer el estado del suelo antes de definir cómo fertilizar.

“El diagnóstico es el punto de partida de cualquier cultivo”, remarcó el investigador, quien explicó que fertilizar no consiste en aplicar grandes cantidades de nutrientes sin un criterio definido, sino en determinar mediante análisis de laboratorio cuáles son las necesidades reales del suelo.

La identificación de las deficiencias permite ajustar las dosis de fertilizantes y mejorar el aprovechamiento de los recursos disponibles. De esta manera, el agua acumulada en el perfil puede traducirse en una mayor producción, en lugar de quedar desaprovechada por limitaciones nutricionales.

En un escenario de precipitaciones abundantes, la planificación de la fertilización se vuelve una herramienta central para reducir las brechas de rendimiento y aprovechar mejor el potencial de los cultivos.